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LA VIDA DE SER HUMANO, UN BIEN INVIOLABLE.

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Juan Pablo IICecilia E. Rdguez. Galván*


Siguiendo con la reflexión acerca de Evangelium Vitae, y después de haber dado una breve ojeada al inicio de la encíclica, continuo con el Bien que es el otro y uno  mismo dentro de la Creación.

San Juan Pablo II hace una referencia hacia la inviolabilidad del ser humano como don de Dios cuando escribe: “a la rebelión del hombre contra Dios…se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre…” (no. 8), y evidentemente antes contra sí mismo.

Entender esto es un poco difícil quizá para quienes vivimos ya dentro de una cultura de muerte, enfrascados en un pensamiento individualista y por tanto egoísta.

Decía el Cardenal De Lubac el hombre puede organizar, sin duda alguna, una tierra sin Dios, pero sin Dios él no puede, a fin de cuentas, sino organizarla contra el hombre.

Le pido que haga usted este ejercicio con 5 personas: saque el tema del aborto o la “muerte digna”,  ponga el caso que usted quiera, una violación, una “inminente muerte después de nacer”, un estado comatoso sin esperanza de que el enfermo despierte, una enfermedad terminal y dolorosa... y pregunte o pregúntese: ¿le dejaría vivir?, ¿Qué sentido tendría su dolor?. ¿Puede una mujer soportar la idea de engendrar al hijo de un violador?...

Las respuestas pueden ser rápidas, pero es necesario la reflexión que nos obligue a determinar ¿Qué es aquello que valoramos mas y que es inviolable? Aún a pesar de sus exigentes y difíciles circunstancias.

Cuando la sociedad moderna llegó a plantearse la idea de esquivar a Dios, después de negarlo y hasta de “matarlo”, no hizo otra cosa sino hacerse esclavo de sí mismo.

J.P. Sartre estima en su conferencia “el existencialismo es un humanismo” la idea acerca de que sin Dios el hombre no vale nada: “uno que debe llegar a ser sí mismo de la nada. Por este camino, el hombre y su vida se vuelven una pasión inútil”, sin Dios, ¿qué sentido tiene la existencia? Si pensamos que hemos sido creados, y que Aquel que nos ha creado es un Dios poderoso, omnisciente y perfecto, nuestra propia existencia cobra un sentido alentador, esperanzador, no somos un accidente de la nada, pues la nada no produce nada. Sino un amoroso acto de Dios, un Dios no alejado de nosotros sino encarnado, Salvador, que da sentido a nuestra existencia. Pero si además consideramos que no somos únicos, y que el que se encuentra al lado mío es también creatura del mismo Dios, nos hermana el sentimiento de pertenencia divina, el vínculo que nos une es substancial. Por tal motivo el sentido de la dignidad de mi persona está estrechamente vinculado a la dignidad de mi prójimo.


El sentido de esto es primordial para entender de manera completa el porqué Juan Pablo II estimaba el valor de cada uno en su encíclica y es la base de la cultura de la vida. Sin importar las circunstancias del otro, debemos sentirnos estrechamente unidos, capaces de un vínculo que no creamos por nosotros mismos sino que nos ha sido “heredado” por Aquel que nos ha creado. La vida personal es tan valiosa como cualquier otra sobre la tierra, independientemente de su lugar de residencia y condición: no-nato, enfermo, solo, preso, perseguido, exiliado, huérfano, viudo…

La encíclica domina y presenta a la perfección los momentos más dramáticos de una cultura del deshecho humano, donde precisamente la evasión de la vinculación con Dios permite desvincularnos del otro y atentar contra la inviolabilidad de su vida, en su comienzo (nn. 58-63), y al final de la misma (nn. 64-67), pero no solo hace la referencia necesaria hacia Dios, sino que presenta con una realidad evidente quien es el hombre y como este desdén hacia Dios termina finalmente implantando un sistema social y jurídico que domina la situación actual y separa finalmente la ley civil de la ley moral impresa en cada uno. Advirtiendo, que es el sistema democrático, un peligroso aliado del establecimiento de un desorden social y moral.

La cultura de la muerte que amenaza al ser humano se desarrollo justamente aquí, en el medio de nuestra sociedad, de nuestras familias, de nuestros pensamientos, hace a un lado el valor sagrado e inviolable del ser humano y se transforma en un bien de consumo que se valora según su goce o utilidad. Penetrando fuertemente en la vida de la sociedad actual el término “calidad de vida” como un sinónimo de humanidad, creando leyes que desconocen la razón y reestructurando el orden natural por un deficiente y triste aspecto del ser humano. Esta división que asombrosamente se crea entre la inviolabilidad de los derechos humanos y la favorable manipulación del evento más importante y fundamento, de hecho, de todo derecho real y posible, la vida, es justamente la denuncia crucial de esta encíclica

Yo le pregunto, ¿Por qué pues no dejar morir al que evidentemente lo desea?, ¿Por qué no eliminar a uno que todavía no veo ni llega?, porque en él está mi humanidad, porque es parte de la familia, sino cristiana, si humana a la que yo misma pertenezco, porque la realidad de que no soy objeto de la casualidad trasciende mi personalidad y me humaniza, buscando el bien de la vida para aquellos que se ven amenazados por sistemas jurídicos, ideológicos, pseudoreligiosos, bélicos, totalitaristas y mi deber más profundo es buscar para ellos la “vida en abundancia” que me ha sido dada.

Para aquellos que consideren la  lucha por el hombre algo únicamente religioso, debo afirmar que incluso en la mentalidad mas “atea” el hombre se reconoce creado, ¿por quién? Bueno, supongo que cada uno se encontrará con una respuesta a “su manera” pero coincidimos en que no podemos crear la realidad creándonos.  Así que Juan Pablo II solo muestra la verdad de que cada uno de nosotros somos bienhechores del otro, que su humanidad nos es familiar, cercana, íntima. Y que por tanto al defender al género humano lo hacemos con cordura: “Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, reconoced nuestro nuevo humanismo; nosotros también, más que todos, somos estudiosos del hombre”. (Beato Pablo VI 7/Dic/1965).



*Asesora REDESSVIDA

Red de Sacerdotes y Seminaristas por la Vida.

Programa de Vida Humana Internacional.