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Inicio Publicaciones Columna HLI Menos hijos que nunca antes (3/3)

Menos hijos que nunca antes (3/3)

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Padre Shenan J. Boquet
Presidente
Human Life International

La mentalidad anticonceptiva

Lo que hemos descrito hasta ahora es el gran mal que constituye la mentalidad anticonceptiva. La anticoncepción  se vende como el medio para lograr una mayor expresión del amor erótico. Pero al frustrar las consecuencias naturales del encuentro sexual, también se frustra el amor que se supone debe alimentar. La anticoncepción tiene este efecto porque sin darse cuenta los matrimonios reemplazan el amor de sacrificio, el amor que se proyecta hacia los demás, que se trasciende a sí mismo – la naturaleza auto-trascendente del amor – con un  reemplazo barato y carente de vida.

En una audiencia con el Papa San Juan Pablo II en 1979, el Padre Paul Marx, fundador de HLI, predijo el colapso de las tasas de fertilidad al imponerse la mentalidad anticonceptiva: “Una vez que la anticoncepción se ha difundido, el resto es predecible. Una vez que se difunden la anticoncepción y la legalización del aborto; las tasas de natalidad disminuyen; las naciones colapsan, la gente joven sigue el mal ejemplo de sus padres y abusan de la sexualidad y un número creciente de ellos viven juntos sin el beneficio del matrimonio”.

Esta es la lógica de la “cultura” de la muerte. Si donde está Dios, está la fecundidad, entonces no debería sorprendernos que lo contrario también sea verdad: allí donde Dios es pasado por alto y desaparece de los corazones, hay infecundidad y esterilidad. Además, así como el amor es difusivo de sí, también lo es, en cierto sentido, la esterilidad. Por ello ahora vemos cómo los países occidentales que han aceptado la desoladora mentalidad anticonceptiva y la “cultura” de la muerte están difundiendo ferozmente esta auto-destructora ideología en otros países.

El Papa San Juan Pablo II alertó acerca de esta situación en su encíclica Evangelium Vitae: “En los países ricos y desarrollados hay una perturbadora disminución de la tasa de natalidad”. Lo contrario ocurre en los países pobres, donde los matrimonios tienen muchos hijos. Sin embargo, añadió, las naciones ricas y poderosas del mundo ahora se comportan como lo hizo el Faraón contra los israelitas: matando a sus hijos por miedo a su aumento en número.

Las elites poderosas, dijo el ya difunto Santo Padre, “se sienten amenazadas por el actual crecimiento demográfico y temen que los pueblos más pobres y prolíficos constituyan una amenaza para su paz y bienestar. En consecuencia, en vez de desear enfrentar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad de las personas y las familias, y el inviolable derecho a la vida de cada persona, prefieren promover e imponer por cualquier medio un programa a gran escala de control de la natalidad. Aún la ayuda económica que están dispuestas a dar es injustamente condicionada a la aceptación de una política anti-natalista”.

Como ya he señalado, mucha gente observa el colapso demográfico solo en sus inminentes repercusiones económicas. Yo veo las repercusiones personales y espirituales. Los matrimonios, en vez de seguir el llamado de Dios a un amor más grande, han dado la espalda a su vocación para su propio empobrecimiento personal y espiritual: niños que son abortados en el seno de sus mamás; madres que sufren las heridas físicas, espirituales y emocionales del aborto; toda una generación de gente mayor que anhela el amor y la compañía de sus hijos y nietos, pero que pasan sus últimos días en soledad  y lamento.

En su Carta a las Familias de 1994, el Papa San Juan Pablo II habló de la necesidad de que las familias contribuyan al establecimiento de una “civilización del amor”. Como el Papa Francisco dijo en su homilía, el amor es inherentemente fecundo. En este momento de la historia, cuando tanta gente predica un anti-evangelio de esterilidad, necesitamos matrimonios valientes que abran sus corazones a nuevas vidas, que reconozcan la verdad de que “la fecundidad siempre es una bendición de Dios”. En mis viajes me he encontrado con muchas de estas familias, las cuales evidencian un gozo contagioso que proviene de vivir en el amor de Dios. Es de estas familias que surgirá la civilización del amor.

Como explicó el Papa San Juan Pablo II en su Carta a las Familias: “La civilización del amor evoca gozo, entre otras cosas, por el hecho de que un hombre (un bebé) ha venido al mundo (ver Juan 16:21) y, en consecuencia, porque los esposos se han convertido en padres. La civilización del amor significa ‘regocijarse en la justicia’ (1 Corintios 13:6). Pero una civilización inspirada en el consumismo, en la mentalidad anti-natalista no es y nunca podrá ser una civilización del amor”.


 

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