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¿Por qué la anticoncepción lleva al aborto? (2/3)

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Padre Shenan J. Boquet
Presidente
Human Life International

La formación de una mentalidad anticonceptiva

La anticoncepción es la deliberada intención de impedir, por medios mecánicos o químicos, la posible y natural consecuencia de una relación sexual: la concepción de un nuevo ser humano. Su propósito, por lo tanto, es separar, de manera deliberada, la unión sexual de la procreación, para que así el hombre y la mujer puedan gozar de los placeres de su encuentro sexual sin el temor de esa relación dé como resultado un embarazo.

Una “mentalidad” es una actitud de la mente, una manera de pensar. Una mentalidad se establece cuando una persona o un grupo o una sociedad reaccionan automáticamente ante una situación sin pesar en las consecuencias. Es muy difícil corregir una “mentalidad” porque está blindada por suposiciones inconscientes y preservada por constantes patrones de conducta y de hábitos.

La “mentalidad anticonceptiva” existe cuando: (1) la relación sexual es separada de la procreación, (2) se presume que esta manera de pensar y actuar es normativa y (3) al usar la anticoncepción, la pareja se separa a sí misma de toda responsabilidad ante una concepción que pudiera tener lugar en caso de que la anticoncepción fallara. Esta es la “mentalidad” que está tan difundida y que está consciente de los “beneficios” inmediatos pero no considera las repercusiones futuras. La “mentalidad anticonceptiva” implica que la pareja no solo tiene la intención de separar su relación sexual de la procreación, sino también siente que tiene el derecho y el deber de hacerlo. También es importante recordar que el centro de la “mentalidad anticonceptiva” está el temor o el rechazo de algo perfectamente natural como resultado de una relación sexual: un bebé.

Muchas personas creen erróneamente que la anticoncepción impide el aborto. Esta opinión no ha surgido ni de estudios ni estadísticas. Al contrario, la investigación claramente ha demostrado que la anticoncepción conduce a una conducta más arriesgada, a más embarazos no planeados y, consecuentemente, a más abortos. El Dr. Malcom Potts, ex director médico del gigante abortista la Federación Internacional de Paternidad Planificada (IPPF, por sus siglas en inglés) ha dicho abiertamente: “Como ya hemos señalado, las personas que usan anticonceptivos son más propensos que las que no los usan a recurrir al aborto inducido… la evidencia epidemiológica indica el hecho de que los servicios de aborto inducido son más necesarios por parte de las personas que utilizan algún tipo de regulación de la fertilidad”. Cuando la anticoncepción falla – como inevitablemente ocurre – las parejas, especialmente las madres solteras, sienten la tentación  y aún la presión de eliminar la vida no “deseada”.

Es un escándalo que, según estudios en EEUU, el 72% de los matrimonio católicos de edad fértil estén usando algún tipo de anticoncepción artificial o esterilización para limitar el número de hijos. Los estudios también revelan que casi el 41% de los estudiantes de secundaria o bachillerato están sexualmente activos, usan anticonceptivos y creen en la falsa oferta de la mal llamada “libertad sexual” [1]. ¿Cuántas instalaciones abortivas de Planned Parenthood o privadas existen hoy en día para ofrecer sus “servicios” a las jovencitas a quienes sus anticonceptivos les fallaron? Toda una industria se ha desarrollado en respuesta un mercado cada vez más creciente: más relaciones sexuales, más anticonceptivos que eventualmente fallan y más abortos. 

El Papa San Pablo VI, en su gran encíclica Humanae vitae, predijo algunas de las consecuencias de la “mentalidad anticonceptiva”. En el no. 17, el Santo Padre advirtió que “Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada”.

En ese mismo número, el Papa también advirtió acerca del uso obligatorio de tecnologías anticonceptivas por parte de ciertos gobiernos [2]. Esta escandalosa realidad está ocurriendo hoy. Somos testigos de los programas a gran escala, auspiciados por ciertos gobiernos, de anticoncepción, abortos y esterilizaciones forzosas. Esto fue lo que predijo Pablo VI:

“Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal”.

Debido al éxito que ha tenido la propaganda anticonceptiva y al rechazo de los valores judeo-cristianos en relación con el matrimonio, la sexualidad humana y la vida familiar, mucha gente en nuestra sociedad tiene la actitud de que algunas veces la vida humana es inconveniente y una carga innecesaria. El Papa San Juan Pablo II previó que esta “mentalidad” es una causa de raíz del aborto. Cuando consideramos que la vida humana es una carga demasiada pesada para lidiar con ella, en vez de un don sagrado que ha sido encomendado a nuestro cuidado, surge la peligrosa tentación de deshacerse de la “carga” por cualquier medio posible. Como predijo el Padre Marx, vemos la misma actitud y conducta hoy en el movimiento a favor del crimen de la eutanasia.

Continuará.



 

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