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¿Ordenación sacerdotal de mujeres? (y II)

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Autor: Miguel Manzanera SJ

La solemne declaración de San Juan Pablo II en 1994 afirmando que “la Iglesia no tiene facultad para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”, fue calificada “definitiva como depósito de la fe”, por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1995, dando a entender que es irrevisable.

Esa misma Congregación en el año 2010 dictaminó que “cualquiera que atente conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibirlo”, comete un delito grave, sancionado con la pena de la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica. Si el reo es un clérigo, éste puede ser castigado con la dimisión o la deposición.

La posición de la Iglesia Católica de reservar la ordenación sacerdotal sólo a los varones aptos concuerda con la naturaleza del hombre. Dios ha creado al ser humano, varón y mujer a su imagen (Gn 1, 27). Esta identidad sexual está impresa en la misma constitución genética y cromosómica de cada ser humano, ya desde la concepción y los primeros momentos de la gestación. Esa identidad biológica constituye un elemento esencial de la persona. La ideología del género se equivoca cuando sostiene la transexualidad o sea un cambio de sexo según la libertad de elección. Los tratamientos hormonales y las operaciones quirúrgicas no pueden cambiar la identidad personal. Todo lo más podrían en casos anómalos ayudar a clarificar el sexo biológico. Toda persona debe aceptar su sexualidad natural, masculina o femenina.

El Hijo de Dios, al encarnarse, asumió ser varón con las características propias de la masculinidad. Desde su identidad masculina cumplió la voluntad del Padre, de ser el Esposo de la Iglesia. Predicó la llegada del Reino de Dios y convocó a doce varones para ser sus apóstoles y colaboradores íntimos, formándoles y dándoles autoridad para actuar en su nombre. Celebró con ellos la Eucaristía y les mandó realizarla en su memoria para perpetuar de manera incruenta el sacrificio redentor en la cruz. Una vez resucitado infundió su Espíritu en sus apóstoles dándoles el poder de perdonar pecados en su nombre (Jn 20, 23).

Por eso la Iglesia enseña que los apóstoles y también sus sucesores los obispos y sus colaboradores los presbíteros actúan “in persona Christi” (en la persona de Cristo) perpetuando su obra hasta el final de los tiempos. El sacerdote es llamado a unirse místicamente con Jesús en la redención en la cruz. Por eso la Iglesia entiende que el sacerdocio está reservado al varón. Lo cual no significa que el varón sea superior a la mujer o más perfecto que ella, como todavía en la Edad Media se pensaba. Más bien Dios ha querido llamar a los varones como seres humanos más débiles y vulnerables para que nadie se gloríe en el Señor (cfr. 1 Co 2, 27-29).

A pesar de las advertencias de la Iglesia Católica a las comunidades anglicanas, éstas  han continuado ordenando sacerdotisas, incluyendo obispas. Muchas personas pensaban que, en la actual crisis vocacional en Europa y Norteamérica y en menor grado también en Latinoamérica, la ordenación sacerdotal de las mujeres ayudaría a solucionar o al menos aliviaría la escasez de sacerdotes y fortalecería la fe y la moral.

Sin embargo, en general no ha sido así. En las comunidades donde se han ordenado sacerdotisas frecuentemente se han aprobado la ordenación sacerdotal de gays y de lesbianas y la celebración o bendición del matrimonio entre homosexuales. Según estudios estadísticos hay un desprecio de la moral tradicional y se ha debilitado la fe incluso en los mismos líderes de las comunidades, algunos de los cuales no creen en Dios uno y trino, ni en la vida eterna.

En las comunidades anglicanas y episcopalianas ha disminuido notablemente la práctica del precepto dominical y ha aumentado la deserción de los feligreses. Muchos de ellos han solicitado su admisión en la Iglesia Católica. Ante esas peticiones el Papa Benedicto XVI el año 2009 publicó la Constitución Apostólica “Anglicanorum coetibus”, concediendo a las comunidades solicitantes la posibilidad de ingresar a la Iglesia comunitariamente o sea como “ordinariatos” donde mantienen sus propias oraciones, cantos y ritos e incluso sus estructuras de gobierno bajo la autoridad de la Iglesia Católica. Cabe, pues, concluir que la posición católica de reservar la ordenación sacerdotal a los varones es correcta por basarse en sólidos argumentos bíblicos e históricos que están siendo avalados por la realidad pastoral.