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El Papa Francisco y los Presidentes de Israel y Palestina rezan por la paz

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Autor: Miguel Manzanera, SJ

El día 8 de junio de 2014, Domingo de Pentecostés, es ya una fecha histórica. En ella se celebró un acontecimiento único en los jardines del Vaticano. Los Presidentes de Israel y de Palestina, Shimon Peres y Mahmud Abbas, aceptaron la invitación del Papa Francisco a participar en el encuentro de oración con la presencia del Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Esta reunión insólita culmina la reciente visita del Papa a la Tierra Santa como fruto de su audacia espiritual.

Un portavoz del Vaticano puntualizó que en este encuentro no se buscaba intercambiar opiniones políticas o religiosas para un posible acuerdo de paz. Ni tampoco se pretendía realizar una oración interreligiosa, ya que, tal como el Concilio Vaticano II puntualizó, las tres religiones, aún siendo monoteístas y creyendo en el Dios de Abraham, no coinciden en rasgos teológicos esenciales. En un lugar discreto de los jardines del Vaticano sin símbolos religiosos se reunieron los tres participantes con sus delegaciones y, siguiendo el orden histórico de sus respectivas religiones, judaísmo, cristianismo e islamismo, elevaron a Dios oraciones de alabanza y de petición de la paz según su propia fe.

No han faltado críticas al encuentro. Algunas cuestionan los elevados costos de viaje y de seguridad sin ningún resultado tangible. Indican que habría sido más útil entablar un diálogo para concretar estrategias para el cese de hostilidades o un diálogo interreligioso. Sin embargo, a estas observaciones cabe responder que la intención del Papa fue lisa y llanamente facilitar la oración de los tres representantes en un ambiente respetuoso y cálido donde no faltaron los saludos cordiales.

El Papa sintió la necesidad de este encuentro en su reciente viaje a Jerusalén porque comprendió que el problema judío-palestino no se resolverá sólo con diálogos o tratativas de paz, ni mucho menos con amenazas y agresiones bélicas, que hasta ahora han fracasado. Este conflicto, a diferencia de otras agresiones bélicas, tiene un trasfondo religioso de difícil solución.

Cada pueblo según sus propios libros sagrados defiende su derecho a formar un Estado en la Tierra Santa y a defenderse en caso de agresiones. Para los judíos Israel es la tierra prometida por Dios y en caso de agresión aplican la ley del Talión, “ojo por ojo y diente por diente” (Ex 21, 24). Para los palestinos, en su mayoría musulmanes, es una obligación defender su tierra sagrada mediante la Yihad, la guerra santa, tal como manda el Corán: “Creyentes; Combatid contra los infieles que tengáis cerca. Que os encuentren duros. Sabed que Dios está con los que Le temen” (Sura 9:123).

El cristianismo, en cambio, proclama el perdón y el amor a los enemigos. Jesús denunció el odio y la venganza como tentaciones del Maligno (Mt 5, 43ss). Para revertir la tentación diabólica de la guerra, además de las tratativas y negociaciones de paz, no sólo hay que renunciar al odio y la violencia, sino que se hace totalmente necesaria la oración para que el Dios de Abraham mueva a sus creyentes a buscar la verdadera Paz, basada en la Justicia, la Misericordia y la Fraternidad.

Sólo así florecerá la concordia en la Tierra Santa donde Jesús nació y ofrendó su sangre como semilla de un mundo nuevo. El olivo, plantado en el Vaticano por Francisco y las tres autoridades invitadas al encuentro, crecerá y, si se le sigue regando, permanecerá como testimonio mudo, pero vivo, del compromiso tripartito que muestra la necesidad de seguir orando y trabajando sin descanso por la paz y la fraternidad.