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Francisco proclama la Luz de la Fe

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Autor: Miguel Manzanera, SJ

Ya antes de presentar su renuncia Benedicto XVI había prometido una cuarta encíclica, completando así sus tres anteriores, tituladas “Dios es Caridad”, “Salvados en la Esperanza”, y “Caridad en la Verdad”. Hace ya unas semanas, después de haber pasado a ser Papa emérito, entregó el borrador de la cuarta encíclica a su sucesor el Papa Francisco. Éste, después de haberla revisado y completado, la ha asumido con el sugestivo nombre “Luz de la Fe”, con la fecha del 29 de junio de 2013, fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, considerados las columnas de la fe de la Iglesia.

La encíclica, identificada por sus siglas LF, tiene un doble objetivo. Por una parte quiere recuperar el carácter de luz, propio de la fe que ilumina todos interrogantes del hombre sobre su existencia y particularmente le ayuda a distinguir entre el bien y el mal. Este objetivo es especialmente relevante hoy en día, donde muchas personas tratan de satisfacer incesantemente su curiosidad, pero sin aceptar una verdad definitiva ya que consideran que la fe es una ilusión, un salto al vacío que además coarta la libertad humana de  aventurarse y arriesgarse.

Por otra parte la LF se publica en el Año de la Fe, proclamado por Benedicto XVI, conmemorando los 50 años del Concilio Vaticano II que fue ante todo un concilio para renovar la fe, teniendo en cuenta los nuevos desafíos de la modernidad y la postmodernidad. La encíclica subraya que la fe, de hecho, no es algo que el hombre adquiere por sus propias fuerzas, sino que es un don de Dios que debe ser alimentado y fortalecido. La luz de la fe viene de Dios Padre que se ha revelado en la historia especialmente en su Hijo encarnado, Jesucristo, y en su Espíritu que se nos ha dado para iluminar nuestro camino hacia el futuro.

En el primer capítulo de la LF el Papa hace referencia a Abraham, el personaje bíblico que "escucha" a Dios que le llama a salir del aislamiento de su propio yo para abrirse a una nueva vida con la promesa de ser padre de un gran pueblo, asumiendo así de alguna manera la imagen de Dios Padre. Abraham renuncia a los ídolos y se confía en el amor misericordioso del Dios que siempre acoge y perdona. Esta es la "paradoja" de la fe, el volverse constantemente al Señor hace que el hombre sea estable, y lo aleja de los ídolos.

La historia bíblica de la salvación llega a su culmen en Jesús, que se revela como la Verdad hecha carne y expresada en la Caridad, al dar su vida por los hombres. Su resurrección es la prueba evidente de la credibilidad y del fundamento de nuestra fe. El ideal del cristiano es ver con los ojos de Jesús, no para alejarse de la realidad humana, sino para captar su significado más profundo.

Pero la fe no es simplemente la creencia de individuos aislados, sino que constituye la unión profunda que se da entre los creyentes al formar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por eso los cristianos somos uno, no porque perdemos la individualidad, sino porque la perfeccionamos en la unidad. “La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el ’yo’ del fiel y el  ‘Tú’ divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al ‘nosotros’, se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia”. “Esta apertura al ‘nosotros’ eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el ‘yo’ y el ‘tú’, sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas”. (LF 39).

Por eso la fe se recibe en comunidad y se transmite en comunidad. Los sacramentos son un medio particular de transmitir la fe, particularmente el bautismo y la Eucaristía. La fe pone de relieve la importancia de la familia humana, a imagen de la familia divina, fundada en la unión conyugal, fiel y fecunda, del varón y de la mujer. La familia es la transmisora natural de la fe a los hijos. Los niños y jóvenes deben sentir especialmente la cercanía de la familia y de la Iglesia para que vivan la alegría de la fe la vocación al amor.

Muy sugestiva es la última parte de la Encíclica donde se relaciona la fe y la sociedad. La fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio del bien común, de la justicia, del derecho y de la paz. La fe no nos aleja del mundo y no es ajena al compromiso concreto del hombre contemporáneo. Por el contrario la falta de fe en un Dios que es bondad y misericordia, reduce muchas veces la sociedad a una convivencia basada en la utilidad, el interés o el miedo de los individuos, que muchas veces degenera en rivalidades, luchas y guerras.

Termina la Encíclica con una invitación a mirar a la Virgen María, “icono perfecto” de la fe. Ella creyó y, habilitada por su Espíritu de Dios, concibió virginalmente a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne, quien antes de morir en la cruz, extendió la maternidad de María a todos los discípulos, constituyéndola como madre de la Iglesia y madre de nuestra fe.