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Pandemia de corrupción en Bolivia

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Autor: Miguel Manzanera, SJ

Una de las promesas más atrayentes del MAS (Partido Movimiento al Socialismo que está actualmente en el poder),, tal como se proyectó en la Guía de Acción Política de Orinoca (provincia de Oruro, Bolivia) en agosto de 2006 era la lucha frontal contra el Estado de Derecho neoliberal, burgués y corrupto de la República de Bolivia para acabar con la corrupción. Pasados ya casi seis años de gobierno masista se ha comprobado cómo aquella promesa no era sino una falaz ilusión que cautivó a miles de personas que ingenua y ciegamente creyeron en la promesa de inaugurar un país libre de la corrupción.

Hoy en día nadie cree que se ha desterrado la corrupción ni tampoco que son resabios de la etapa neoliberal. Más bien se percibe que esa lacra no solamente continúa sino que se ha consolidado dentro del mismo aparato estatal plurinacional. Hay muchos hechos patentes, descubiertos casi todos de manera casi casual. A pesar del proclamado “ama sua” (No seas ladrón en Quechua), al poco tiempo de gobierno del MAS se descubrió el increíble montaje de corrupción de Santos Ramírez, flamante Presidente de YPFB y brazo derecho de Evo Morales (Presidente de Bolivia), que sigue en la cárcel de San Pedro sin una investigación exhaustiva. El caso de las hermanas Terán, emparentadas con autoridades del MAS, descubiertas con las manos en la masa, y a las que se pretendió encubrir. Los desaparecidos 33 camiones de contrabando del departamento de Pando. El soborno del “Viejo” que a pesar de estar documentado en un video comprometedor ha quedado en la penumbra. El General Sanabria, ex zar antidroga de Bolivia, condenado en EEUU, y un largo etcétera de casos hasta constituir una verdadera pandemia. Con ello se muestra que la corrupción afecta a todos los gobiernos sean de derecha o de izquierda y por supuesto también a la esfera privada.

Corrupción según el diccionario de la lengua española significa putrefacción como proceso natural de degradación de un organismo tras su muerte. Esta definición biológica, con la que Aristóteles definía a la muerte, muestra plásticamente el fenómeno cotidiano de los cadáveres, que tanto impresiona en el caso de los seres humanos y por el que todos nosotros pasaremos. Por derivación el término corrupción paso al vocabulario ético de cometer actos contrarios a la moral, aprovechándose de una situación privilegiada de poder. Aunque la corrupción se da en todos los ámbitos de la convivencia humana, en el vocabulario usual se asocia más a las personas que detentan cargos públicos o relacionados con el gobierno. A estas personas se aplica el aforismo latino “Corruptio optimi pessima”, que puede traducirse como “la corrupción del mejor es la peor”. Es condenable que una persona privada cometa un fraude, pero lo es mucho más cuando quien lo comete es una persona abusando de su autoridad.

¿Por qué se da la enfermedad de la corrupción? Todo ser humano tiene una inclinación innata al egoísmo, a  una vida más cómoda y sin preocupaciones, que muchas veces se asocia a la acumulación de dinero, para poder “vivir bien” y divertirse sin tener que preocuparse por el día de mañana. Este deseo se hace más tentador cuando una persona ocupa un puesto de autoridad que maneja dineros y se da cuenta lo fácil que es mentir, fraguar un documento falso y/o comprar a otras personas sin que sea descubierto. No es simplemente el fraude callejero del policía de tránsito que al sancionar a un infractor de tráfico acepta que le den una cantidad en vez de poner una multa. Hay casos que se consideran faltas veniales ya que se realizan para poder subsistir, cuando los sueldos son extremadamente bajos.

Pero lo más escandaloso es el caso de funcionarios o de personas ejecutivas que a pesar de tener sueldos altos y privilegios se dejan vencer por la tentación de la avaricia apropiándose de sumas millonarias. Más aún se da en regímenes totalitarios donde, casi inevitablemente, reina la impunidad al crearse una red de complicidades entre muchas personas implicadas que por “tener cola de paja” evitan acercarse al fuego.

Queda por esclarecer cómo se combate la corrupción. Brevemente insinuamos que se trata de una enfermedad moral y por lo tanto no se puede curar si no hay una profunda conversión espiritual. Aquí la religión cristiana sigue siendo el mejor antídoto para combatir ese monstruo y adquirir la virtud de la honradez y de la honestidad. Ciertamente que hay también casos de corrupción en la misma Iglesia, pero afortunadamente en mucha menor medida que en cualquier sociedad política descristianizada. Seguiremos con el tema.