VIRGEN MARÍA DEL MONTE CARMELO

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Autor Miguel Manzanera, SJ

Entre las muchas advocaciones con las que se venera a la Virgen María, una de las más bellas, bíblicamente inspirada, es la de Santa María del Monte Carmelo. Este pequeño cerro de 552 mts. de altitud es el más elevado de una pequeña cadena de montañas de unos 20 Kms. de largo, situada al noroeste del actual Israel. Desde el monte Carmelo se divisa el cercano Mar Mediterráneo, con el puerto de Haifa, y por el oriente la llanura de Yizreel y a lo lejos la región de Galilea.

El monte Carmelo, que etimológicamente significa “jardín de árboles”, se caracteriza por una climatología contrastante. En el invierno y primavera las lluvias lo transforman en un vergel, donde crecen los olivos, las viñas y las flores, mientras que en el estiaje se convierte en un yermo desértico.

Este monte es citado en la Biblia 31 veces, asociándolo a diversas imágenes y metáforas. Se compara el Carmelo florido y hermoso con la cabeza de la esposa amada, buscada con anhelo por el amante en el Cantar de los Cantares (7, 6). Esta hermosura adquiere el profundo simbolismo de la bendición de Dios (Is 35, 2). Como contraste, la aridez del monte Carmelo, seco y árido, pasa a ser símbolo de la esterilidad con la que Dios castiga la infidelidad del pueblo idólatra e injusto (Is 33, 9; Jr 4, 26; Am 1, 2; Na 1, 4).

Ya desde épocas muy antiguas el Monte Carmelo era conocido como lugar de culto a los baales o divinidades de las religiones locales. En el siglo IX a. C. se practicaba el culto a Baal, el señor del cielo. El profeta Elías, cuyo nombre (“Eliy-ya”) significa “Yahveh es (el verdadero) Dios”, vivió en el Monte Carmelo y allí desafió a los profetas de Baal, para demostrar la vacuidad de su culto idolátrico (1 Re 18, 16-40).

En otra ocasión, cuando la sequía azotaba a Israel como castigo divino, Elías subió al Carmelo para implorar la conversión de Dios. Al terminar su oración divisó a lo lejos una nubecilla que anunciaba la lluvia fecunda y con ella la nueva era del perdón y de la bendición de Dios (1 Re 18, 42-46). Después de la misteriosa desaparición de Elías, su discípulo Eliseo puso allí su morada para mantenerse en contacto espiritual con su maestro (2 Re 4, 23-25).

La misteriosa figura de Elías en el Carmelo, cuyo retorno como precursor del Mesías era ardientemente esperado por muchos judíos devotos, ha sido un polo de atracción para los creyentes en el verdadero Dios. La devoción a Elías continuó después de la muerte de Jesús. Después del Concilio de Calcedonia (año 451) acudieron algunos ermitaños a consagrarse a la oración y a la penitencia. También hubo cruzados que se quedaban en sus laderas haciendo allí un lugar de refugio, penitencia y oración. Ya en el siglo XIII se conocía una pequeña iglesia de nuestra Señora, al lado de la fuente, llamada de Elías. En la mentalidad caballeresca de la Edad Media la Virgen María pasó a ser la Señora a la cual los creyentes se consagraban para dedicarse a una vida de oración continua, dentro de un clima de austeridad.

A finales del siglo XII un grupo de ermitaños formaron la orden de los “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo” bajo una Regla redactada, según se cree, en 1209 por Alberto, Patriarca de Jerusalén y aprobada por el Papa Honorio III en 1226. Estos hermanos consideraban a la Virgen como su fundadora y su protectora, dedicándose a promover los aspectos de la maternidad divina, de la virginidad, de la inmaculada concepción y de la anunciación.

Inevitablemente surge una pregunta ¿cómo los eremitas del Carmelo, atraídos por Elías, pasaron a ser Hermanos de la Virgen del Monte Carmelo? A primera vista ambas figuras tienen rasgos diametralmente opuestos. Elías, el gran profeta del antiguo Israel, degüella a sacerdotes de Baal (1 Re 18, 40) porque arde en celo por Yahveh (1 Re 19, 10). Ya en tiempos de Jesús era esperada su inminente venida con fuego purificador (Mt, 3-4). Por el contrario la Virgen María, si bien anuncia el derribo de los poderosos (Lc 1, 52), es venerada como imagen de la misericordia maternal de Dios.

¿Cómo se explica esa asociación entre María y el monte Carmelo? Hay elementos bíblicos muy sugerentes. En la estación primaveral el monte Carmelo es comparado con la cabeza de la Esposa, buscada por el Esposo, figuras de María y Jesús (Ct 7, 6). La victoria de Elías, profeta de Yahveh, el verdadero Dios, sobre los sacerdotes del falso dios Baal, en el monte Carmelo, cumple la victoria del linaje de la Mujer sobre la estirpe de la serpiente, profetizada en el “protoevangelio” del Génesis (Gn 3, 14).

La nubecilla divisada por Elías, anunciadora de la lluvia que viene del mar, señala el fin de la sequía con la que Dios castigaba la infidelidad de Israel (1 Re 18). Al mismo tiempo simboliza la llegada del Salvador que cancela totalmente las culpas del pueblo, asociado a la Virgen María, su madre terrenal. Desde el monte Carmelo se divisa Galilea con el pueblito de Nazaret, donde vivió María, la mujer elegida para cumplir el plan divino. Por todo ello casi espontáneamente surgió en los eremitas del Carmelo la imitación a la Virgen María, quien según el Evangelio guardaba todas las cosas en su corazón (Lc 2, 51). Ella asumió en su propia carne la maldición de esterilidad e infecundidad que pesaba sobre la Hija de Sión, prevaricadora, adúltera y rebelde. El Señor aceptó la ofrenda de María y le otorgó la maternidad del Mesías, el Cristo Salvador.

Por último recordemos que el Carmelo ha sido también comparado con Cristo. San Juan de la Cruz y Santa Teresa, los reformadores carmelitas, denominaron el itinerario místico de purificación hacía Dios como la subida al monte Carmelo. Todo ello confirma la advocación de la Virgen del Carmelo como el mejor camino que lleva hacia Jesús.