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Japón ante los temblores telúricos

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Japón ante los temblores telúricos
31/03-2011

Por: Miguel Manzanera, SJ

Todavía están grabadas en nuestras retinas las espeluznantes escenas del terremoto de magnitud 9 en la escala Richter y del subsiguiente maremoto, que estremecieron las costas japonesas de la región de Fukushima el pasado 11 de marzo. Las gigantescas olas embravecidas arrastraban violentamente autos, barcos, aviones y casas como si fuesen juguetes infantiles, arrasando carreteras, construcciones e incluso aldeas enteras con el trágico balance provisional, hasta el 25 de marzo, de 14.070 personas muertas, 23.100 desaparecidas y pérdidas económicas por más de 150.000 millones de euros. Además el pueblo nipón sigue viviendo tiempos de zozobra y alerta ante la amenaza, todavía no desvanecida, de un posible desastre radiactivo nuclear pavoroso.

Esta devastadora catástrofe ha provocado una serie de reflexiones que pueden y deben ayudar a la humanidad a evitar y a aminorar en la medida de lo posible los efectos destructores de estos desastres naturales. Es preciso desarrollar mucho más el estudio de la geología y de la sismología, ciencias que todavía no están en condiciones de conocer y de predecir con suficiente antelación los movimientos telúricos, tanto terrestres como marítimos. Las autoridades japonesas avisaron que se iba a producir el sismo tan sólo con unos pocos segundos de antelación. Pero sobre todo el error fatal fue haber autorizado construir centrales nucleares a orillas del mar, sin prever la posibilidad del gigantesco tsumani que siguió al terremoto.

Para el futuro habrá que replantear la localización de los reactores, problema de muy difícil solución en el caso de Japón, constituido por islas alargadas con una superficie de 374.744 km² en la que viven 127,55 millones de habitantes, siendo la densidad poblacional de 340 habitantes por km², 34 veces mayor que la de Bolivia. Además el futuro de Japón está amenazado, ya que su índice de natalidad es apenas de 1,3 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa de reposición de 2,1, con una población mayoritariamente anciana, debido también a la creciente longevidad. A esto se añade el preocupante problema del suicidio, donde Japón mantiene una de las tasas más elevadas a nivel mundial.

Con ello se plantea el problema de la extrema vulnerabilidad del ser humano ante las fuerzas destructoras naturales frente a las cuales no cabe protección. Esto es mucho más impresionante en Japón donde el desarrollo tecnológico ha alcanzado logros espectaculares, por ejemplo en la informática y en la robótica, impensables tan sólo hace algunas décadas.

Es preciso valorar las virtudes del pueblo japonés, especialmente su disciplina y dedicación al trabajo, su capacidad de sacrificio y solidaridad y al mismo tiempo una espiritualidad estoica que les ha sostenido en medio de la hecatombe. Muchas personas han perdido sus familias, sus bienes, sus casas, sus trabajos y se han quedado literalmente a la intemperie en un panorama de desolación.

Japón es un pueblo religioso. La religión más practicada es el sintoísmo, culto de origen autóctono, centrado en el respeto a la naturaleza y en particular a ciertos lugares sagrados y a algunos elementos naturales asociados, como el sol, figuras de roca, árboles e incluso sonidos, a los que se venera como deidades. También se practica el budismo, traído desde Corea al Japón en el siglo VI, existiendo estatuas, templos y monjes budistas. Sin embargo estas religiones no están abiertas al conocimiento de un Dios personal.

El cristianismo también está presente en Japón aunque es una religión minoritaria. Fue predicado por San Francisco Javier en 1549 y difundido por los jesuitas y otros misioneros. Sin embargo poco después fue prohibido durante dos siglos por considerarlo aliado a los europeos que conquistaban territorios en Asia. En el siglo XIX se permitió la llegada de misioneros cristianos, pero se volvió a prohibir durante la Segunda Guerra Mundial. Desde 1947 se considera una religión libre de practicar, siendo cristiana el 1% de la población japonesa, con unos 509.000 católicos y el resto protestantes de diversas denominaciones. Algunas fiestas cristianas como la Navidad o el Día de San Valentín son populares en Japón.

El cristianismo puede ayudar a superar esta terrible desgracia. Frente al problema de la imprevisibilidad de las catástrofes naturales y de la inexorabilidad de la muerte que trunca todos los planes humanos, personales y sociales, la fe en Jesucristo resucitado abre la esperanza de una vida inmortal que permite superar la desesperanza. En la nueva vida Dios retribuirá a todas las personas según el modelo de Jesús, quien pasó por la tierra haciendo el bien y predicando el reino del Dios de la justicia, de la libertad, de la fraternidad y de la paz.