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La mayoría silenciosa debe alzar la voz ante la “cultura” de la cancelación.

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Padre Shenan J. Boquet, Presidente Human Life International

Hace unos días, un alto ejecutivo de la empresa de aviación Boeing renunció. Niel Golightly, ex-vicepresidente senior de comunicaciones de la Compañía Boeing, se disculpó en un comunicado por escribir un artículo, según él, “vergonzosamente equivocado y ofensivo”... en 1987, hace treinta y tres años. En un correo electrónico al personal de Boeing, Golightly escribió: “El artículo que escribí, cuyos argumentos rechacé poco después, es doloroso. Doloroso porque está mal. Doloroso porque es ofensivo para las mujeres”.

Dadas las décadas que han pasado desde la publicación del artículo, usted razonablemente supondría que lo que Golightly escribió debe haber sido realmente monstruoso. De hecho, Golightly, que estaba en el servicio militar en ese tiempo, había explicado en ese artículo por qué pensaba que las mujeres no deberían desempeñar roles de combate. Vale la pena señalar que el gobierno de EEUU no revocó oficialmente el reglamento que prohibía que las mujeres prestaran servicios militares en ámbitos de combate hasta 2013, hace solo siete años. En otras palabras, la postura que Golightly expresó en su artículo coincidía con la norma nacional de EEUU, norma que en ese momento predominaba en el resto del mundo.

Y así continúa la purga pública de lo que es considerado “política o socialmente incorrecto” por parte de los que promueven cancelar o destruir la cultura de los verdaderos valores – la mal llamada “cultura” de la cancelación.

El caso de Golightly es sin duda uno de los ejemplos más extraños y extremos de la
“cultura de la cancelación”, pero no es necesariamente el más inquietante. La cantidad de figuras públicas que han sido despedidas u obligadas a renunciar a sus empleos en las últimas semanas, a menudo por expresar opiniones que deberían estar sólidamente ubicadas dentro del ámbito del discurso público cortés, es asombrosa.

Aún más asombroso es que muchas de estas figuras públicas son personas que, desde cualquier ubicación en el ámbito político o social,  son consideradas “liberales” o incluso “progresistas”. Sin embargo, a pesar de esto, estas personas han sido acosadas hasta hacerlas renunciar a sus puestos, tanto de sus profesiones como de lo que se considera la sociedad educada, por turbas de colegas “progresistas” que han considerado que sus puntos de vista no son suficientemente WOKE (es decir, que no son suficientemente acordes con la búsqueda de la “justicia” en nuestra sociedad).

J.K. Rowling vs. La “cultura” de la cancelación

En los últimos días, por ejemplo, esta misma turba ha perseguido a figuras tan identificadas con el “progresismo”, o, a lo sumo, consideradas ligeramente centristas, como J.K. Rowling, Steve Pinker, Andrew Sullivan y Bari Weiss. En muchos casos, sus presuntos “delitos” son tan difíciles de discernir que es imposible conciliar la furia de las turbas vociferantes que exigen que estas personas sean castigadas con el ostracismo y el escarnio público debido al contenido de sus palabras o debido a sus posturas.

Tomemos el caso de Rowling, quien simplemente se ha atrevido en los últimos días a afirmar la visión completamente sensata de que el sexo tiene un componente biológico. Esta visión no solo es de sentido común, sino que está confirmada por cada fragmento de datos científicos que tenemos. Y, sin embargo, por defender lo evidente, Rowling ha sido denunciada como “transfóbica” y FRTE, un acrónimo verdaderamente orwelliano que significa “feminista radical trans excluyente”. Esto, incluso a pesar del hecho de que Rowling ha hecho todo lo posible por explicar que ella apoya totalmente a las personas “transgénero”, e incluso tiene algunos amigos que se catalogan de esa manera.

En el ensayo en el cual explicaba su oposición a algunas de las formas más extremas de la ideología “transgénero”, Rowling había revelado que ella era una sobreviviente de abuso doméstico y de abuso sexual, y explicó que temía que los “progresistas” no estuvieran considerando suficientemente cómo el permitir que hombres biológicos ingresen a los espacios exclusivos para mujeres y puedan poner a las mujeres en un peligro real. Sin embargo, el hecho de que Rowling sea una víctima no hizo nada por apaciguar a la pandilla “progresista”: porque dentro de la extraña jerarquía de la “teoría crítica progresista”, una mujer maltratada es menos víctima que un individuo “transgénero”, y dentro de esa misma “teoría” parece que todos los derechos, simpatías y protecciones corresponden a quien sea considerado la mayor víctima.

Como sugiere el término abusivo FRTE, ser una “feminista radical” ya no es ni siquiera lo mínimo para ser considerado aceptable. Para evitar la denuncia pública y la posible “cancelación” (es decir, ser expulsado del propio empleo y osastrizado por la sociedad) también se debe evitar ser “trans excluyente”, es decir, se debe ofrecer una aceptación absoluta a cada punto y título de la nueva y peligrosa ideología del “transgenerismo”.

“Progresistas” que apoyan las purgas

Recientemente, una gran cantidad de figuras públicas predominantemente izquierdistas (escritores, intelectuales y periodistas) firmaron una carta abierta en la revista Harper, en la que denunciaban “la cultura de la cancelación”. Los escritores criticaron una creciente “intolerancia a puntos de vista opuestos, una propensión a castigar con la vergüenza pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver cuestiones políticas complejas con una ciega certeza moral”. Estos escritores expresaron: “Necesitamos una cultura que nos dé un espacio para la experimentación [con las ideas], la toma de riesgos e incluso los errores”.

La carta, como muchos han señalado, era una inofensiva defensa de los principios básicos de los valores liberales de la libertad de expresión. El hecho de que incluso necesitara ser escrita, y firmada por personas como Margaret Atwood, Noam Chomsky y Gloria Steinem, muestra cuán problemática se ha vuelto la situación. Sin embargo, la mayor prueba de que hay una verdadera crisis en marcha fue la controversia, incluso la ira, que produjo su publicación.

En uno de los incidentes más irónicos ocurridos recientemente, uno de las escritores del mencionado texto, Jennifer Boylan (un hombre biológico que dice ser una “mujer transgénero”), se distanció de la carta, debido a que algunos de los otros firmantes no eran suficientemente “progresistas”. “No sabía quién más había firmado esa carta”, tuiteó Boylan, en un intento por rebajarse a sí mismo por medio de su disculpa. “Me responsabilizo por las consecuencias. Lo lamento de veras.”

En otras palabras, Boylan estaba dispuesto a firmar una carta defendiendo la libertad de expresión... siempre y cuando todos los demás que firmaran la carta fueran también gente con cuyos puntos de vista Boylan estuviera de acuerdo. Esto sería para echarse a reír, si no fuera un asunto tan peligroso y tan serio.

El silencio de los conservadores contribuye a la difusión de la “cultura” de la cancelación

Para muchos conservadores, esta tendencia es completamente aterradora, ya que el pensamiento que les viene a la mente es: “Si así es como los ‘progresistas’ tratan a los suyos, ¿qué nos harán a nosotros? Si así es como tratan a las ‘feministas radicales’ que no están suficientemente a bordo del tren ‘progresista’, ¿cómo tratarán a aquellos de nosotros que creemos que el feminismo radical en sí mismo es profundamente problemático?” Son preguntas perfectamente sensatas, y creo que la respuesta es obvia: harían exactamente lo mismo, y aún peor, y probablemente con mayor éxito.

Considere el caso de Andrew Sullivan, un hombre abiertamente homosexual que fue una de las fuerzas intelectuales a favor del mal llamado “matrimonio” entre personas del mismo sexo, y que apoya a una multitud de causas “liberales”. Sin embargo, en algunos temas: como la libertad de expresión y los peligros del “progresismo woke”, podríamos considerarlo como un “centrista” e incluso, hasta en ciertas ocasiones, como ligeramente “conservador”. La semana pasada, fue despedido de su puesto en la revista New York. Como escribió en su última columna: “Me parece que si mi conservadurismo es tan asqueroso que muchos de mis compañeros se avergüenzan de trabajar en la misma revista que yo, entonces no tengo idea de qué versión del conservadurismo podría tolerarse alguna vez...”

Temiendo por su seguridad, un número cada vez mayor de conservadores y de personas con sentido común simplemente se están retirando de la plaza pública o del centro de la atención, se niegan a decir nada, aunque sea expresado de manera inofensiva, sobre cualquier tema remotamente controversial, y expresan un asentimiento impreciso a las exigencias de las turbas del “progresismo woke”. Desafortunadamente, si bien esto puede salvarles el pellejo a corto plazo, es seguro que empeorará la situación a largo plazo. Como escribiera Randall Smith la semana pasada, “La cultura de la cancelación es una cultura de cobardía”. Prospera con la cobardía, y la única esperanza de ponerle fin es si suficientes personas sensatas se unen y se oponen a ella [1].

La mayoría silenciosa tiene que hablar

Cuando Jordan Peterson se convirtió en paria en 2016, por hablar en contra de un proyecto de ley canadiense, C-16, que agregaba la “identidad o expresión de género” a los motivos prohibidos por causa de discriminación de la Ley de Derechos Humanos de Canadá, me sorprendió que casi ninguno de sus colegas académicos salieran en su defensa. Sin duda, hubo muchos profesores en la Universidad de Toronto que compartieron sus preocupaciones sobre lo que significaría la Ley C-16 para la libertad de expresión, o que, como mínimo, creían en el derecho de Peterson de expresar su opinión.  Pero mientras cientos de colegas de Peterson firmaron una carta abierta exigiendo que lo despidieran, no había tal carta defendiendo el derecho de Peterson a la libertad de expresión. Quienquiera que sean sus partidarios entre la facultad, permanecieron en silencio.

Gracias a las convicciones inquebrantables de Peterson y a su gran valor, se convirtió en uno de los intelectuales públicos más populares y exitosos de la historia. Y, sin embargo, incluso frente a su éxito, las voces que le ofrecen apoyo dentro del mundo académico son prácticamente inexistentes.

De cierto modo, esto es comprensible, ya que la historia reciente muestra que si bien es difícil “cancelar” a las figuras públicas más grandes, brillantes y populares, a menudo son sus partidarios menos conocidos quienes llevan la peor parte de la ira de la turba de la “cultura de la cancelación”. Por ejemplo, tenemos el caso de Gillian Phillip, una autora de libros infantiles que simplemente tuiteó su apoyo a J.K. Rowling, pero que, debido a ello, fue despedida rápidamente por la editorial HarperCollins [2]. Rowling, aunque sufre profesionalmente por sus puntos de vista, es probable que logre capear la tormenta, simplemente en virtud de ser la autora más exitosa de la historia moderna. Phillip, por otro lado, puede que nunca se recupere profesionalmente del golpe.

Estos son los riesgos muy reales que enfrentan aquellos que se sienten obligados a hablar ahora: enfrentar a una turba despiadada, que ya no los ve como personas, sino simplemente como una enfermedad amenazante que debe ser eliminada. Sin embargo, la simple verdad es que ahora necesitamos desesperadamente más voces y acciones como las de Jordan Peterson. Hay fuerza en los números. Es hora de que la mayoría silenciosa, que está consternada ante este secuestro de nuestra plaza pública por ideólogos totalitarios, alce su voz.


VHI agradece a José Antonio Zunino, del Ecuador, la traducción de este artículo.

Publicado originalmente en inglés el 20 de julio de 2020 en: https://www.hli.org/2020/07/cancel-culture-silent-majority/.


Notas:

[1]. https://www.thecatholicthing.org/2020/07/15/cancel-culture-is-coward-culture/.

[2]. https://www.insider.com/gillian-philip-childrens-author-sacked-tweeting-support-jk-rowling-2020-7.


 

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